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miércoles, 5 de mayo de 2010

Tranvía

Un minicuento de Andrea Bocconi

Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. "Amplia sonrisa, caderas anchas... una madre excelente para mis hijos", pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.
Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.

Dudó. Ella bajó.

Se sintió divorciado: "¿Y los niños, con quién van a quedarse?"

viernes, 23 de octubre de 2009

Minicuentos

Cómo me gusta este género. Aquí les van otros pa la colección.


Despertar

Despertó cansado, como todos los días. Se sentía como si un tren le hubiese pasado por encima. Abrió un ojo y no vio nada. Abrió el otro y vio las vías. (Norberto Costa)

Tortugas y cronopios

Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural. Las esperanzas lo saben, y no se preocupan. Los famas lo saben, y se burlan. Los cronopios lo saben, y cada vez que se encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina. (Julio cortazar)

El globo
Mientras subía y subía, el globo lloraba al ver que se le escapaba el niño.
(Miguel Saiz Álvarez)

La mujer

Un hombre sueña que ama a una mujer. La mujer huye. El hombre envía en su persecución los perros de su deseo. La mujer cruza un puente sobre un río, atraviesa un muro, se eleva sobre una montaña. Los perros atraviesan el río a nado, saltan el muro y al pie de la montaña se detienen jadeando. El hombre sabe, en su sueño, que jamás en su sueño podrá alcanzarla. Cuando despierta, la mujer está a su lado y el hombre descubre, decepcionado, que ya es suya. (Ana María Shua)

lunes, 28 de septiembre de 2009

Micro relatos

Aquí les va algunos de los cuentos ganadores de ficción breve de la revista Axxon de Argentina.

Los oía
Con el cordón umbilical se fabricó una soga. (Ginis Mulero Caparroz)

Rechazo
—Andate, ya no te quiero —dijo. Y el fantasma dejó para siempre el ángulo superior derecho del espejo que ella había heredado de su abuela. (Daniel Frinni)

Monstruos
De pronto los militares que se hallaban dentro de la casa salen llevando a empujones y culatazos al diablo. Detrás de ellos corre una bruja más o menos joven gritando y tomando de las mangas al conscripto de la retaguardia. Éste le da un codazo. Desde el suelo la bruja grita CRIMINALES HIJOS DE PUTA. El soldado se vuelve, le apunta y dispara, mientras ya al diablo lo están subiendo al camión. Detrás de la bruja que se desangra, viene un diablito de pantalón corto llorando y dando gritos. El soldado le apunta y por segunda vez hace fuego, demostrando su perfecta puntería. En pocos minutos el camión parte y, salvo dos cadáveres bajo el foco esquinero, la tranquilidad retorna al pueblo. (Francisco Enriquez Muñóz)

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Disidencia

Un texto de Colombia Truque, en estos días ansiosos

Cómo el amor no se parece, ni de lejos, a la felicidad. Cómo ya terminaron los tiempos de las grandes aventuras y descubrimientos. Cómo leer se va pareciendo al placer de deshojar la margarita. Cómo escribir tiene poco sentido, y ninguno para algunos. Cómo entre ver cine y hacerlo es mejor todo lo contrario. Cómo en la rumba hay agujeritos por donde se cuela el hastío. Cómo caminar cansa en esta ciudad de basura y sorpresas crueles. Cómo dedicarse en esta vida a otra cosa que no sea la existencia es a todas luces imposible. Cómo imposible es elegir, diga lo que quiera Sartre. Cómo... y Cómo... y Cómo: Es la ansiedad, me dicen mis amigos.

viernes, 16 de mayo de 2008

Desiderata

Vuelve el fauno buitrago, que nos ha regalado sus historias de madrugada, con este cuento breve.


“Está bien, está bien… mandémoslo todo a la mierda, mañana mismo paso la carta de renuncia irrevocable, cambio el cheque y pongo a la venta el apartamento y el carro, mi primo se puede encargar de eso.

Empaca solo lo necesario, no necesitamos que el equipaje nos retrace mientras conocemos el mundo: el lunes Las Canarias, el martes quién sabe. Por fin haremos lo soñado.

Al final de las cuentas los muchachos ya están crecidos, casados y ubicados, sí, ahora es nuestro momento, mañana en la noche partimos”.

Se puso de pié, caminó a la alcoba con su paso lento, apoyado como siempre en el bastón… no soportaba ese maldito comercial. Apagó el televisor, se sirvió un vodka doble.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Las líneas

Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.
Augusto Monterroso

Despertó cansado, como si un tren lo hubiera pasado por encima. Abrió un ojo y no vio nada. Abrió el otro y vio las vías.
Norberto Costa

Hoy he amanecido como siempre, pero con un cuchillo en el pecho.
Joaquin Leguina

El conde me ha invitado a su castillo. Naturalmente yo llevaré la bebida.
Ángel García Galiano

miércoles, 7 de noviembre de 2007

La maestría de lo breve

Hoy, asistiendo a un seminario internacional de escritura creativa en Bogotá, me recordaron un cuento breve de Juan José Arreola.

La mujer que amé se ha convertido en un fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones.

Sin palabras eh?

lunes, 24 de septiembre de 2007

Cortísimo Suceso

Un texto de Armando Arteaga

Una mujer vestida de negro entra a una farmacia y le exige al farmacéutico:
-Por favor, quiero comprar arsénico.
El arsénico es tóxico y letal .El farmacéutico quiere saber màs cosas antes de proporcionarle la sustancia.
- ¿Y para què quiere la señora comprar arsénico? .
- Para matar a mi marido.
- ¡Ah, caramba!. Lamentablemente para ese fin no puedo venderselo.
La mujer sin decir palabra abre la cartera y saca una fotografia de su marido abrazado desnudo en una cama con la mujer del farmacéutico.
- ¡Mil disculpas!, -dice el farmacéutico - .
Atender por favor a la señora, no sabia que usted tenía receta.

martes, 11 de septiembre de 2007

El precursor de Cervantes

Un cuento del argentino Marco Denevi

Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas*

*Fiebre intermitente cuyo acceso se repite cada tres días.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Los fantasmas y yo

Un minicuento de René Avilés Fabila

Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes.

viernes, 7 de septiembre de 2007

El Pozo

Un cuento del escritor español Luis Mateo Diez

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años.

Fue una de esas tragedias familiares que solo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa.

Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caIdero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior.

"Este es un mundo como otro cualquiera", decía el mensaje.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Reencuentro con una mujer

Un cuento breve del escritor colombiano Luis Fayad

La mujer le dejó saber con la mirada que quería decirle algo. Leoncio accedió, y cuando ella se apeó del bus él la siguió. Fue tras ella a corta pero discreta distancia, y luego de alejarse a un lugar solitario la mujer se volvió. Sostenía con mano firme una pistola. Leoncio reconoció entonces a la mujer ultrajada en un sueño y descubrió en sus ojos la venganza.

–Todo fue un sueño –le dijo–. En un sueño nada tiene importancia.

La mujer no bajó la pistola.

–Depende de quién sueñe.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Tarde

Un texto de relatos breves.com, que olvidó su autor

Mierda! No he oído el despertador. Ya debería estar en el trabajo. A ver ahora cómo justifico llegar tan tarde. Odio dar una explicación tan estúpida como “me he quedado dormida” y llegar a la oficina todavía con las rayas de la almohada en la cara. Me pongo lo primero que pillo, claro, la misma ropa arrugada que anoche tiré a la silla. Da igual. Será más creíble que ha sido totalmente accidental ver que vengo con la misma ropa de ayer. No me paro ni a echar de comer a la gata. En la parada del autobús me alarma aún más ver que no hay nadie. Fuera del horario normal nadie coge el autobús en un barrio dormitorio. Cuánto tarda. Pasan los minutos. Creo. Con las prisas me he dejado el reloj atrás. Mejor, no puedo ir en autobús y saber lo tarde que es. Si no está en mis manos correr más, prefiero no saber la hora. Las tiendas ya están abiertas. Pero no hay nadie en la calle, nadie en las tiendas, nadie en los bares. No pasa ningún coche. No se oye más que el silbido de las hojas secas moviéndose a ras de suelo. Una enorme angustia me invade por momentos. Me pitan los oídos en el silencio más absoluto. Ahora recuerdo que mi gata no ha maullado esta mañana pidiendo su comida. No la he visto siquiera. Mi desasosiego aumenta vertiginosamente. Deshago mis pasos para volver a casa. El ascensor no hace el más mínimo ruido. Mis llaves no suenan al girar en la cerradura a pesar de que las sacudo nerviosamente. Cierro de un portazo que no suena. Corro a mi cama. Allí estoy yo. Acostada. Y en ese preciso instante de pie, con mis ojos de par en par aflorando las lágrimas, me veo cómo despierto y me incorporo angustiada en la cama. Y en un movimiento vertiginoso, ya estoy ahí. Yo soy la que está sentada en la cama con el corazón palpitante y los ojos llenos de lágrimas.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Certeza

Hace rato no colgaba uno mío

Sabes que salió por la puerta y que jamás regresará. Sentirás la derrota. Nuevamente. No la ahogarás con tus gritos de auxilio y decidirás entregarte al dolor como una manera de pagar tus culpas, tus debilidades tan humanas, esa manía de autodestruirte. Y sabes que no volverá. Y no querrás saber de ella porque eres un egoísta en eso de la tristeza. La quieres sólo para ti y no soportas a la gente que atesora ese sentimiento como una manera de sentirse vivo. Sabes que no saldrás a ningún bar para envasar en las botellas tu pena y querrás a la nostalgia recorriendo tus pensamientos, tus gestos y tus fingidas risas. Y sí. Serás un hombre triste aunque tengas la certeza de que siempre lo has sido.

Página asesina

Julio Cortazar

En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.

martes, 28 de agosto de 2007

El tren

Un muy bello texto de Ignacio Ramírez, tomado de su diario personal en 1961

Esta tarde se murió mi papá después de una dolorosa agonía de seis meses durante los cuales no me aparté ni un instante de su cama aunque tuve que renunciar a mi trabajo en la emisora, a mis amigos del barrio, a los paseos en motoneta llevando atrás a las muchachas que despeinaba el viento y se aferraban a mi cintura como provocativas yedras. A veces él me observaba pasar y sonreía silencioso porque era tímido como las gacelas y aunque no se atrevía a hablar de cosas tan mundanas sé que vivía orgulloso de mi forma de ser y de mi terquedad para escribir, él, que jamás leyó un libro completo pero que equilibraba ese vacío como oyente y testigo de las retretas en el parque nacional todos los domingos bajo la batuta del maestro José Rozo Contreras. En la casa ya sabíamos que si el repertorio era Mozart o Beethoven tendríamos Mozart y Beethoven todo el tiempo en su silbido porque para eso sí era un virtuoso intérprete del aire. Las danzas húngaras y las marchas militares le fascinaban. Era como un pájaro silbador que ponía música a la cotidiana elementalidad de la familia. ¡Pobre! Comenzó a enfermarse y a decaer físicamente cuando no pudo silbar más. Y me lo dijo: mijo, voy a morirme porque no solo ya no puedo ir a las retretas sino que se me murió la música por dentro. Yo le contesté piensa en la música del tren: chiquichiquichiquichiquichiquichi y ya sabíamos que tampoco volveríamos a viajar juntos en ese instrumento de la poesía con caldera, en el cual nos pasamos por lo menos la mitad de la vida, él trabajando y yo acompañándolo como un combustible de sombra que jamás se despegó de sus talones. El tren éramos él y yo. Él con sus coches restaurantes, yo con mis sueños, niño y viejo uno solo que para eso éramos padre e hijo. Él y yo éramos locomotora y convoy y conocíamos de memoria las imágenes y los olores y las cosas y las sensaciones que a través de las ventanillas del viajero de humo a la vez eran nuestro tiempo, nuestras vidas, ilusiones que pasan raudas pero se quedan lentas como los aleteos de la soledad. Ahora que se acaba de morir creo estoy preparado para todo. Sé que lo voy a amar sin aspavientos y por eso he bajado con él a este lugar tan frío a donde lo han traído para que duerma su última pereza encima de una plancha de cemento como todos los muertos que se respeten después de que los pasan al depósito de cadáveres. Aquí estamos entonces él y yo: sus huesos indiferentes, los míos temblando. Yo le aprieto con mi cuerpo estremecido y pienso por un instante que vamos en el tren como lo hicimos siempre, tomados de la mano, o abrazados o mirándonos con el amor desbordado con que se miran los padres y los hijos, especialmente cuando van en un vagón de ferrocarril y ven pasar por las ventanas el paisaje y los pájaros, los pueblos, el país, la tierra, el cielo. Eras experto en subir y bajar cuando iba el aparato en plena marcha y a mí se me salían al tiempo el corazón y las lágrimas no solo porque te ibas a quedar en la estación y me dejarías desamparado sino también por el peligro de que te desprendieras y cayeras bajo las ruedas de hierro correteando en su ir y venir alrededor del humo y el traque traque propios de la naturaleza de los trenes viejos. Pero eras un experto y cuando menos lo pensaba estabas a mi lado carcajeándote y apretándome contra tu pecho y yo enjugándome la lágrima con el dorso de la mano y dándole gracias a la vida por haberme regalado al mejor papá del mundo. Y ahora mírame desde tu inercia: mírame bien porque de nuevo trato de secar mi llanto aunque esta vez me has dejado para siempre, no sé si te quedaste en el camino ni si te trituraron las ruedas en su vértigo. Aquí solo estamos acostado tú en el cemento de la morgue y yo de pie en este tren impío que te ha señalado una estación misterio y te ha bajado quieto y mudo y tieso mientras yo lloro y lloro y lloro y lloro y siento que a partir de hoy ya la vida no tendrá sentido alguno quién ha dicho que vivir vale la pena cuando el papá se ha convertido en un recuerdo no importa que estés aquí tirado sobre esta cama de cemento ni tiene gracia que yo piense que voy contigo en tren y que en cualquier momento te levantarás para abrazarme porque acabo de acompañarte a morir en esa fría pieza de hospital donde pasé mirándote y rogándote seis meses que no te fueras papá que no te fueras que tuvieras compasión que a un hijo que tanto te ama no se le debe dejar solo ni siquiera por decreto mortal despiadado y tenebroso como este que nos corre a ti en tu vuelo de regreso y a mí en mi soledad que va a ser una carga pesada una condena inicua una jaula una sombra una herida un alarido desolación melancolía saudade mutilación un tren ya sin vapor sin humo tren fantasma locomotora negra vagones donde la muerte serpentea ciega noche siniestra tu cadáver me observa y me da pena que me veas yo llorando por ti por estar deshabitado de lo que más quería y te aprieto las manos y estás frío y te ruego que me oigas y no me oyes y me acuesto contigo y no cabemos los dos en esta plancha gélida y afuera mis hermanas se lamentan igual y se aprietan la cabeza y mi mamá se va a enterar y va a sentir también que éramos tú que eras nosotros y yo me he colado aquí en la nevera de los muertos y te abrazo y te beso y repaso la vida entre sollozos y aquel primer soneto mío que llevabas en la billetera y que mostrabas orgulloso a todo el mundo y esa felicidad de decirme tominejo o de gastarme bromas infantiles y ese regalo inolvidable que me diste lo llevabas escondido tras la cintura en un talego de papel eran bocas, narices, ojos, orejas, bigotes y sombreros con alfileres y podías hacerte la cara de un muñeco con una manzana o una papa, un cartón o una almohada y nunca ha existido un regalo tan espléndido y luego ese padrino que me escogiste para no sé qué sacramento que me llevó Corazón el primer libro de la vida y me dejó perplejo de felicidad ante la luz de las palabras como perplejo estoy ahora que tendré que llevarte en un cajón y permitir después que te metan en un hueco profundo entre la tierra un hueco de donde ya no saldrás jamás porque fue un espejismo haber ido contigo de tren en tren por todos los caminos no sé qué voy a hacer entonces me volveré trashumante de angustia como Azhaverus y por donde quiera que vaya todo el mundo sabrá que vengo de algún tren que soy el ser más solitario de la creación y de la historia que te quiero muchacho viejo silencioso tímido generoso campesino como nadie ha existido tan humano y si es posible llévame contigo te prometo aprender a subir y a bajar los vagones de la muerte en marcha y te doy mi palabra de derrotar el miedo y te prometo lo que quieras de mí aunque jamás me hayas pedido nada pero te necesito y nada me llenará la vida si no eres tú tu mano tu mirada tu primitiva forma de ser bueno y ahora quién va a creerme que tanto te quería quién va a saber que el resto de la vida veré de lejos los trenes con tristeza y que en el humo de las locomotoras te veré y que ahora ya han llegado por ti los individuos de la funeraria y yo me quedo solo y ya el resto de la vida no tendrá sentido. Y antes de que te vayas te confieso que gracias por aquel soneto en tu cartera y gracias por haber sido el mejor el campeón el único el papá llévate el tren tómalo todo yo te alcanzo y como sé que un día se acabará el carbón yo me iré caminando por debajo de la tierra buscándote para elevarte porque tú y yo somos más del aire que del suelo.

jueves, 23 de agosto de 2007

Historias de la madrugada 1

La fauna revive con este texto de Hugo Andrei Buitrago

Suena el tango en el traganíquel. Carlos camina hacia la barra, pide otro doble, brinda, enguye, se obliga a un sorbo de agua y a una juliana de mango biche con sal.

Al otro lado de la calle Héctor Lavoe llena los oídos de los clientes, que parecen una sola tromba informe; solo ron con hielo se ve en las mesas, pequeños platos con limones cortados y distribuídos en círulos se van llenando de cenizas de cigarrillo.

Por la calle y a unos 100 km/h cruza el Renault Megane. Un ruido metalizado sale de los parlantes que parecen jugar extrañamente con los altos y los bajos. El piso está lleno de latas vacías de cerveza que entremezclan su aroma con otro dulzón inidentificable.

En la acera está él. Media botella de Moscatel en la mano. Disumula el tambaleo con relativo éxito, no sabe aun si desea los roncos suspiros de Goyeneche o los nostálgicos golpeteos de bossa nova de Colón con Blades.

En un lado de la calle el destino le reserva unos ansiosos labios y un pecho dadivoso, una semana de cariño pasional, tal vez un quién sabe en el futuro, tal vez una compañía en la vejez. En el otro está la venganza, el reconocimiento de un otrora mucho más discipado lleno de lagunas y olvidos; sería difícil salir ileso de un encuentro tan lleno de rencores, sería difícil evitar el puñal bajo las costilllas o sobre la pelvis.

El Moscatel está por terminarse, la decisión se aproxima. Es la 1 a.m.

miércoles, 22 de agosto de 2007

Pizarro

Un texto del gran escritor y promotor Gonzalo Márquez Cristo

Extraños designios me dieron el poder absoluto para realizar así mi horrible acto, mi terrible acción de derrotar y condenar a muerte al hijo de un gigante dios iluminado.

Ahora estoy completamente solo, rodeado de selva, y no existe una noche en que no tema que amanezca.

lunes, 20 de agosto de 2007

Cómo nace un texto

Un fragmento de "Cómo nace un texto", del infaltable Borges

Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. En el caso de un poema, no: es una idea más general, y a veces ha sido la primera línea. Es decir, algo me es dado, y luego ya intervengo yo, y quizá se echa todo a perder. En el caso de un cuento, por ejemplo, bueno, yo conozco el principio, el punto de partida, conozco el fin, conozco la meta. Pero luego tengo que descubrir, mediante mis muy limitados medios, qué sucede entre el principio y el fin. Y luego hay otros problemas a resolver; por ejemplo, si conviene que el hecho sea contado en primera persona o en tercera persona. Luego, hay que buscar la época; ahora, en cuanto a mí eso es una solución personal mía, creo que para mí lo más cómodo viene a ser la última década del siglo XIX. Elijo si se trata de un cuento porteño, lugares de las orillas, digamos, de Palermo, digamos de Barracas, de Turdera. Y la fecha, digamos 1899, el año de mi nacimiento, por ejemplo. Porque ¿quién puede saber, exactamente, cómo hablaban aquellos orilleros muertos?: nadie. Es decir, que yo puedo proceder con comodidad. En cambio, si un escritor elige un tema contemporáneo, entonces ya el lector se convierte en un inspector y resuelve: "No, en tal barrio no se habla así, la gente de tal clase no usaría tal o cual expresión."
El escritor prevé todo esto y se siente trabado. En cambio, yo elijo una época un poco lejana, un lugar un poco lejano; y eso me da libertad, y ya puedo fantasear o falsificar, incluso. Puedo mentir sin que nadie se dé cuenta, y sobre todo, sin que yo mismo me dé cuenta, ya que es necesario que el escritor que escribe una fábula por fantástica que sea crea, por el momento, en la realidad de la fábula.

jueves, 16 de agosto de 2007

Eso sí

Un cuento de Pedro Alberto Zubizarreta, mención de honor del concurso de cuento corto latinoamericano de Agenda Latinoamericana

El Cholito se muere. El Cholito se va. La enfermedad lo atraviesa de lado a lado. Cinco años tiene. Cinco escasos años y la vida ya lo quiere dejar. Ahora no sufre. Ahora no. Está medio dormido, eso sí. Es por la medicación que le dan los doctores para sacarle el dolor. Junto a la cama del Cholito están los padres derramando lágrimas que se abrazan y corren juntas. El Cholito tiene la panza hinchada y le cuesta respirar. Cuando el Cholito empezó con el dolor en la pierna les dijeron que no era nada. Varios médicos lo miraron. Lo miraron un poco por encima, eso sí. Pero qué puede uno hacer, si los hospitales están sin recursos y el papá del Cholito perdió la seguridad social cuando se quedó sin trabajo. Lo llevaron a un médico privado, que sólo lo atendió cuando reunieron el dinero para pagar la consulta por adelantado. El médico privado tampoco lo examinó demasiado. Diagnosticó “dolores del crecimiento”, eso sí. Todo crecimiento va acompañado de dolor, todos menos justamente el que aludía el facultativo. El crecimiento de los huesos no duele. Pero qué puede saber un padre que apenas completó tres años de la enseñanza primaria. Qué le puede exigir a un médico que pasó por una universidad y salió de ella más miope y egoísta que cuando entró. Nada, sólo agacha la cabeza y acepta. Aunque el Cholo se haya seguido quejando, sin poder dormir a la noche, eso sí. El tiempo fue pasando y el dolor en aumento, acompañado por hinchazón en la rodilla. Artritis, les dijeron. El “güesero” del pueblo le quiso acomodar la rodilla, pero se le fracturó el fémur en el intento. Entonces llegó el momento de viajar a la gran ciudad. El Cholito en un grito con cada cimbronazo del autobús. El viaje largo. La llegada a Buenos Aires, con su multitud anónima hirviendo en la Terminal de Ómnibus. Finalmente llevaron al Cholo al Hospital grande. Los médicos estaban serios, mirando placas radiográficas de la rodilla y del tórax. Le practicaron una biopsia. Después vino un médico a hablarles de la enfermedad, que era maligna y se había desparramado por los pulmones. No respondió al tratamiento de quimioterapia y el Cholo empeoró. La pierna se hinchó como un zapallo.

Cholo, Cholito, no te morís solamente de cáncer, también te morís de analfabetismo, de miseria, de desnutrición, de marginalidad. Te morís de injusticia. Te morís de deuda externa. Te morís de anonimato. Te morís de tan pequeño. Te morís aplastado en las vías del desarrollo. Te morís de intereses ajenos. Te morís de extremo sur. Te morís, eso sí.