Vuelve el fauno buitrago, que nos ha regalado sus historias de madrugada, con este cuento breve.
“Está bien, está bien… mandémoslo todo a la mierda, mañana mismo paso la carta de renuncia irrevocable, cambio el cheque y pongo a la venta el apartamento y el carro, mi primo se puede encargar de eso.
Empaca solo lo necesario, no necesitamos que el equipaje nos retrace mientras conocemos el mundo: el lunes Las Canarias, el martes quién sabe. Por fin haremos lo soñado.
Al final de las cuentas los muchachos ya están crecidos, casados y ubicados, sí, ahora es nuestro momento, mañana en la noche partimos”.
Se puso de pié, caminó a la alcoba con su paso lento, apoyado como siempre en el bastón… no soportaba ese maldito comercial. Apagó el televisor, se sirvió un vodka doble.
Mostrando entradas con la etiqueta Hugo Buitrago. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hugo Buitrago. Mostrar todas las entradas
viernes, 16 de mayo de 2008
jueves, 28 de febrero de 2008
Otra del Buitrago
El sombrero y el chaleco olvidados en el piso. Pronto un pie distraído dejará inservible al primero y su huella en el segundo.Las gotas de sudor y saliva caen cada vez en el piso de madera manchado con los fluidos de otros cientos. La protuberancia es notable y el rastro del líquido viril se evidencia en el pantalón. El rechinar de la madera es cada vez más agudo con el va y ven oscilante y columpiado. La lengua lasciva se escurre por sobre la barba. Hay lágrimas en el mismo recorrido.
En la cabecera, el letrero:
"H.A. Condenado a la horca por el vil homicidio del ilustrísimo señor Don Ricardo de Ávila, patriarca fundador".
Las aves de rapiña vuelan en círculos...
En la cabecera, el letrero:
"H.A. Condenado a la horca por el vil homicidio del ilustrísimo señor Don Ricardo de Ávila, patriarca fundador".
Las aves de rapiña vuelan en círculos...
Etiquetas:
cuentos mínimos,
Hugo Buitrago
martes, 11 de diciembre de 2007
Ego y Muerte
Es bueno, es ingenioso y es de Hugo... ese buitrago que aparece y desaparece de estas páginas.
Allí está el asunto: los egos y la muerte. Si el paraíso fuera paraíso, Guayasamín haría un retrato de Cortazar exalando el humo del último faso del último fardo, mientras "El Pájaro" Parker berrea Loverman, observando la mano de Raúl deslizarse sigilosa por la entrepierna de Wilde.
Del otro lado de la sala, apenas perceptible por las rancias luces de las lámparas empotradas en el centro de cada mesa, forradas en imitaciones de seda de colores y reflejantes de aves, tigres de bengala y dragones coloidales, un largo sorbo de ron bajaría por la garganta de Hemmingway, mojando el relato de su último encuentro boxístico (perdió con una escopeta comenta); y la Kalho, y la Pizarnik y la Mistral, lo interrumpen con su concurso de tequila.
Sobre la barra, casi sutilmente, Marlon Brando hace el amor a una negra cubana de inmensas caderas y diminutos senos, apaludido por James Dean que apenas y puede mantener los anteojos en su sitio. Observa y se acaricia Marilyn Monroe, secundada por Janis Joplin que empieza a gemir una imporvisación al ritmo del saxo de Charly, que ha optado por ampliar su Loverman otros nueve minutos... Borges decide al fin copular mientras se observa en un espejo y Caicedo Andrés comparte su marihuana con Arango Gonzalo quien despotrica mil veces de Yoko Ono y de Angelita.
Lenon no mira a nadie, Tagore medita, Gandhi arde en el infierno con otro par de monjas.
Pero el paraíso no es el paraíso y aquí los egos no nos dejan ver. Vendrá la muerte.
Allí está el asunto: los egos y la muerte. Si el paraíso fuera paraíso, Guayasamín haría un retrato de Cortazar exalando el humo del último faso del último fardo, mientras "El Pájaro" Parker berrea Loverman, observando la mano de Raúl deslizarse sigilosa por la entrepierna de Wilde.
Del otro lado de la sala, apenas perceptible por las rancias luces de las lámparas empotradas en el centro de cada mesa, forradas en imitaciones de seda de colores y reflejantes de aves, tigres de bengala y dragones coloidales, un largo sorbo de ron bajaría por la garganta de Hemmingway, mojando el relato de su último encuentro boxístico (perdió con una escopeta comenta); y la Kalho, y la Pizarnik y la Mistral, lo interrumpen con su concurso de tequila.
Sobre la barra, casi sutilmente, Marlon Brando hace el amor a una negra cubana de inmensas caderas y diminutos senos, apaludido por James Dean que apenas y puede mantener los anteojos en su sitio. Observa y se acaricia Marilyn Monroe, secundada por Janis Joplin que empieza a gemir una imporvisación al ritmo del saxo de Charly, que ha optado por ampliar su Loverman otros nueve minutos... Borges decide al fin copular mientras se observa en un espejo y Caicedo Andrés comparte su marihuana con Arango Gonzalo quien despotrica mil veces de Yoko Ono y de Angelita.
Lenon no mira a nadie, Tagore medita, Gandhi arde en el infierno con otro par de monjas.
Pero el paraíso no es el paraíso y aquí los egos no nos dejan ver. Vendrá la muerte.
viernes, 19 de octubre de 2007
Historias de la madrugada 3
Vuelve el cuento corto al blog, gracias a este texto de Hugo Andrei Buitrago
Todavía esperaba el sueño por llegar. La Quinta Avenida no era lo que esperaba, pero era.
Al llegar a la esquina, apenas daba la primera probada al café en el vaso de icopor, presentía el ardor en la lengua, pero se sabía con alguna propención por el masoquismo.
El semáforo cambió dando el permiso para continuar aquel recorrido a ninguna parte. Una sensación de roce espectral en la espalda lo hizo girarse repentinamente, estrellando el vaso con el codo de la persona a su costado. El café hizo estremecer el cuerpo mientras dejaba su huella por la camisa blanca y el pantalón crema. Apuntaló el madrazo lleno de resaca al imprudente peatón... el grito nunca salió de los labios, se atoró con los ojos verde gris de la apenada joven.
El vaso en el suelo derrama las últimas gotas de café.
Todavía esperaba el sueño por llegar. La Quinta Avenida no era lo que esperaba, pero era.
Al llegar a la esquina, apenas daba la primera probada al café en el vaso de icopor, presentía el ardor en la lengua, pero se sabía con alguna propención por el masoquismo.
El semáforo cambió dando el permiso para continuar aquel recorrido a ninguna parte. Una sensación de roce espectral en la espalda lo hizo girarse repentinamente, estrellando el vaso con el codo de la persona a su costado. El café hizo estremecer el cuerpo mientras dejaba su huella por la camisa blanca y el pantalón crema. Apuntaló el madrazo lleno de resaca al imprudente peatón... el grito nunca salió de los labios, se atoró con los ojos verde gris de la apenada joven.
El vaso en el suelo derrama las últimas gotas de café.
jueves, 23 de agosto de 2007
Historias de la madrugada 1
La fauna revive con este texto de Hugo Andrei Buitrago
Suena el tango en el traganíquel. Carlos camina hacia la barra, pide otro doble, brinda, enguye, se obliga a un sorbo de agua y a una juliana de mango biche con sal.
Al otro lado de la calle Héctor Lavoe llena los oídos de los clientes, que parecen una sola tromba informe; solo ron con hielo se ve en las mesas, pequeños platos con limones cortados y distribuídos en círulos se van llenando de cenizas de cigarrillo.
Por la calle y a unos 100 km/h cruza el Renault Megane. Un ruido metalizado sale de los parlantes que parecen jugar extrañamente con los altos y los bajos. El piso está lleno de latas vacías de cerveza que entremezclan su aroma con otro dulzón inidentificable.
En la acera está él. Media botella de Moscatel en la mano. Disumula el tambaleo con relativo éxito, no sabe aun si desea los roncos suspiros de Goyeneche o los nostálgicos golpeteos de bossa nova de Colón con Blades.
En un lado de la calle el destino le reserva unos ansiosos labios y un pecho dadivoso, una semana de cariño pasional, tal vez un quién sabe en el futuro, tal vez una compañía en la vejez. En el otro está la venganza, el reconocimiento de un otrora mucho más discipado lleno de lagunas y olvidos; sería difícil salir ileso de un encuentro tan lleno de rencores, sería difícil evitar el puñal bajo las costilllas o sobre la pelvis.
El Moscatel está por terminarse, la decisión se aproxima. Es la 1 a.m.
Suena el tango en el traganíquel. Carlos camina hacia la barra, pide otro doble, brinda, enguye, se obliga a un sorbo de agua y a una juliana de mango biche con sal.
Al otro lado de la calle Héctor Lavoe llena los oídos de los clientes, que parecen una sola tromba informe; solo ron con hielo se ve en las mesas, pequeños platos con limones cortados y distribuídos en círulos se van llenando de cenizas de cigarrillo.
Por la calle y a unos 100 km/h cruza el Renault Megane. Un ruido metalizado sale de los parlantes que parecen jugar extrañamente con los altos y los bajos. El piso está lleno de latas vacías de cerveza que entremezclan su aroma con otro dulzón inidentificable.
En la acera está él. Media botella de Moscatel en la mano. Disumula el tambaleo con relativo éxito, no sabe aun si desea los roncos suspiros de Goyeneche o los nostálgicos golpeteos de bossa nova de Colón con Blades.
En un lado de la calle el destino le reserva unos ansiosos labios y un pecho dadivoso, una semana de cariño pasional, tal vez un quién sabe en el futuro, tal vez una compañía en la vejez. En el otro está la venganza, el reconocimiento de un otrora mucho más discipado lleno de lagunas y olvidos; sería difícil salir ileso de un encuentro tan lleno de rencores, sería difícil evitar el puñal bajo las costilllas o sobre la pelvis.
El Moscatel está por terminarse, la decisión se aproxima. Es la 1 a.m.
Etiquetas:
Cuento breve,
Hugo Buitrago,
literatura,
relato
jueves, 19 de julio de 2007
El grito
Sólo cuando recordó que llevaba varios días sin pronunciar palabra, tuvo certeza de su soledad. Así que decidió lanzar un grito que la espantara de una vez por todas. Un grito que llenara la vieja casa y la calle y la ciudad entera. Un grito que le llevara al mundo su voz contenida desde hace tanto tiempo y que le hiciera sentir que su presencia, aunque inútil, aún hacía contestar a las piedras con el eco de sus palabras. Sin embargo, nadie lo escuchó. Ni los niños que corrían por el patio, ni la mujer que movía trastos en la cocina. Ni siquiera las paredes que hace quince años fueron testigos del disparo.
Etiquetas:
Hugo Buitrago,
Pardo
jueves, 12 de julio de 2007
Exiliado
Hoy no sientes miedo. Crees dominar el mundo porque vienes de un país en guerra y porque has caminado cerca de asesinos y cuchillos blancos que desafían el aire y el silencio. Te hablan en una lengua que escasamente conoces. Te miran como extranjero y te huyen como a la peste porque traes el olor de la muerte entre la ropa, entre las axilas, en tus cabellos. Y sin embargo, no sientes miedo. Te correspondió la huída y perdiste la tierra, que es como si perdieras tu infancia y esa primera vez que caminaste con ella entre la lluvia y el olor a tierra mojada. Perdiste también el recuerdo de cuando la inocencia te dejó por primera vez y por segunda y por tercera hasta convertirse en una costumbre de abandono. Lo perdiste todo y sin embargo no hay tristeza en tus ojos, solo rabia... e impotencia... y una sensación de imperturbabilidad que todos notan mientras huyen de tu mirada de extranjero, de tu piel de extranjero, de tu boca de extranjero que te sabe a aguardiente y a muslos firmes de morena de ojos negros.
No soportas el exilio porque nadie te enseñó a morir en vida: te creías inmortal. Pero tuviste que aprender a cambiar tus rutas y tus horarios y a mirar por el rabillo del ojo a todo aquel que se te acercara, que te hablara, que te preguntara. No. No te enseñaron eso aunque a tu padre y al padre de tu padre los persiguieron igual, los desplazaron igual, los mataron igual. Hoy te toca callarlo todo y mentirlo todo y huir de todo.
Caminaste a una ciudad más grande que la tuya donde nadie te saluda. En tu maleta llevas tres fotos y una piedra que encontraste cuando saliste de casa. Nada más te dejaron sacar. Aunque tu padre y el padre de tu padre corrieron siempre, nadie te enseñó que la vida debía poder alojarse en cualquier maleta por si necesitabas salir corriendo, correr viviendo.
La música no te dice nada. Ni siquiera la que entonas con tu vieja guitarra desafinada que ya no alcanza a espantar soledades. Suena una balada vieja, a bolero y a jazz...y sin embargo, la emoción no se instala en tu cuerpo... solo la tristeza... y la rabia... y los no recuerdos, porque los que tenías te los robaron, te los torturaron y expulsaron de la pequeña patria que jamás pudiste liberar.
No siempre fue así, te repites. No alcanzaste a salir de pesca en las noches ni a dormir con las puertas y las ventanas abiertas pero pudiste enamorarte de cualquier desconocida sin que te miraran con desconfianza. Pudiste aprender a conducir el viejo coche de tu padre sin que te amenazaran por hacer un giro prohibido, y hasta conociste pueblos perdidos descubiertos solamente por el calor infernal del trópico. Ahora solo el encierro... una ciudad diferente a la tuya, una tierra diferente a la tuya, un alma diferente a la tuya.
Todos te ven un futuro promisorio pero te sientes triste. No importa dónde estés, te dicen, te va a ir bien, te dicen... pero te sientes triste y con rabia. Y caminas en medio de un tumulto de gente sin nombre que no imaginan que perdiste tu infancia... y tus recuerdos... que es como perder tu patria.
No soportas el exilio porque nadie te enseñó a morir en vida: te creías inmortal. Pero tuviste que aprender a cambiar tus rutas y tus horarios y a mirar por el rabillo del ojo a todo aquel que se te acercara, que te hablara, que te preguntara. No. No te enseñaron eso aunque a tu padre y al padre de tu padre los persiguieron igual, los desplazaron igual, los mataron igual. Hoy te toca callarlo todo y mentirlo todo y huir de todo.
Caminaste a una ciudad más grande que la tuya donde nadie te saluda. En tu maleta llevas tres fotos y una piedra que encontraste cuando saliste de casa. Nada más te dejaron sacar. Aunque tu padre y el padre de tu padre corrieron siempre, nadie te enseñó que la vida debía poder alojarse en cualquier maleta por si necesitabas salir corriendo, correr viviendo.
La música no te dice nada. Ni siquiera la que entonas con tu vieja guitarra desafinada que ya no alcanza a espantar soledades. Suena una balada vieja, a bolero y a jazz...y sin embargo, la emoción no se instala en tu cuerpo... solo la tristeza... y la rabia... y los no recuerdos, porque los que tenías te los robaron, te los torturaron y expulsaron de la pequeña patria que jamás pudiste liberar.
No siempre fue así, te repites. No alcanzaste a salir de pesca en las noches ni a dormir con las puertas y las ventanas abiertas pero pudiste enamorarte de cualquier desconocida sin que te miraran con desconfianza. Pudiste aprender a conducir el viejo coche de tu padre sin que te amenazaran por hacer un giro prohibido, y hasta conociste pueblos perdidos descubiertos solamente por el calor infernal del trópico. Ahora solo el encierro... una ciudad diferente a la tuya, una tierra diferente a la tuya, un alma diferente a la tuya.
Todos te ven un futuro promisorio pero te sientes triste. No importa dónde estés, te dicen, te va a ir bien, te dicen... pero te sientes triste y con rabia. Y caminas en medio de un tumulto de gente sin nombre que no imaginan que perdiste tu infancia... y tus recuerdos... que es como perder tu patria.
Etiquetas:
Hugo Buitrago,
Pardo
Job
Negó la existencia de Dios hasta que su hija descansó en sus brazos con el corazón abierto por las balas. Dedicó una mirada al cielo e intentó encontrarlo para que con sus manos detuviera la sangre… nada apareció entre las nubes. Se levantó y sin ninguna prisa caminó hasta la iglesia rodeada por el humo de las explosiones y un olor a pólvora que le quemaba la garganta. Mientras miraba el atrio entonó por primera vez la larga retahíla de oraciones que desde niño aprendió mientras la maestra blandía una rama de guayabo: Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre…Creo en Dios padre omnipotente… Dios te salve María… nada sucedió. Cerró los ojos de su hija y corrió a casa, sin ella… tomó la escopeta que su padre siempre dejaba en el marco de la puerta. No había venganza en sus ojos: sólo lágrimas. Salió del pueblo y corrió por el camino real buscando la senda de los armados pero los helicópteros ya se los habían llevado. Comprendió que de las nubes sólo llegaba la muerte y supo que Dios no era más que eso. Un nuevo disparo se escuchó en el pueblo… el cura se echó encima una bendición y agradeció el nuevo adepto… llamó a misa con las campanas medio rotas. En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. La gracia del señor este con todos vosotros… Y volvieron las explosiones.
Etiquetas:
Hugo Buitrago,
Pardo
miércoles, 11 de julio de 2007
A mamá le gusta reír en los entierros
A mamá le gusta reír en los entierros. Cada vez que hay muerto en la familia, los primos, los sobrinos y hasta los más viejos, la rodean para oírle la lengua. No sé cuando empezó pero desde pequeño, cuando llegaba a esas salas de velación, llenas de murmullos, vestidos negros y ese olor a flores y a café impregnado en las paredes, la veía de lejos, sin ninguna solemnidad, fumando un cigarrillo y echando cuentos, muchas veces del mismo muerto. Es que a mi mamá le jarta la solemnidad. No había amigo que llevara a casa en una de esas invitaciones a comer que tanto acostumbramos, al que ella no abordara con toda clase de bromas. A uno, alto ejecutivo con el que tuve negocios en algún momento de mi vida, lo puso a oír la pared con la oreja pegada a ella, sólo para hacerlo constatar que todo el día, la pared era así, silenciosa. A otro, le regaló una colombina de chocolate para que sirviera de postre a un sancocho trifásico que nos había hecho sudar hasta el cansancio, solo para verlo irse acabando el chocolate y quedándose con un palillo en forma de pene que mi amigo siguió disfrutando sin comprender las carcajadas de mamá. Creo que el cuentito lo aprendió del abuelo quien se entretenía comprando bromas en los almacenes de Bogotá para hacerlas una y otra vez a los vecinos del barrio. Pero mamá no se hizo famosa por las bromas ni por los chistes ni por esas salidas inteligentes y rápidas que nos hacían reír a todos. Mamá es famosa por que le gusta reír en los entierros. Últimamente ha habido muchos y la fila, como dice mi padre, se ha ido corriendo lentamente.
A papá, sus amigos lo fueron abandonando sin que él lo notara. Creo que sólo se dio cuenta, ese viernes en la tarde cuando descubrió que no tenía a quien llamar y que la fiesta, esa que había mantenido en jornada continua, se había acabado. Dejó el trago, el cigarrillo y el café, en un intento por derrotar todo aquello que mató a sus amigos. La llamada matinal con Darío, el viejo, las sustituyó por una semanal con Darío, el joven; el café de la tarde con Hugo, por un té helado y sin azúcar con Jacky; la tertulia, por el silencio. Navegando en medio de un montón de libros, insiste en hacerse cargo de la memoria de la tierra como una manera de recordar a sus amigos muertos. Papá se pasea por la casa con un eterno cigarrillo en sus labios y sus manos acariciando un inmenso vientre conseguido a base de mucho esfuerzo, comida y licor y cada vez que un nuevo amigo entra a la clínica, la mayoría con cáncer, enfisema pulmonar, o alguna de esas vainas que dan de tanto trago y cigarrillo alrededor de la literatura, la música y las mujeres, papá establece guardias más rígidas que las de los médicos de turno. Habla con la familia, llama a los amigos más cercanos para que se hagan presentes y camina de un lado llorando por el amigo pero sin temor a la muerte, esa palabra que no existe en su danza interminable de lances al destino.
Papá y mamá casi no se hablan. Cuando lo hacen, hay respeto y hasta amor en sus voces, pero dejaron de contarse las mañanas y las tardes, quizá porque cada vez hay menos para contar. Eso sí. Cuando alguien de la familia muere, mi papá llega religiosamente, con su corbata negra, a recogerla. Inician el viaje a la sala de velación con la seguridad que afuera están todos esperando su llegada. Siempre que llego, cuando llego, ella está rodeada de los deudos que olvidan por un rato el dolor para darle rienda suelta a la risa, y todo porque a mamá le gusta reír en los entierros.
A papá, sus amigos lo fueron abandonando sin que él lo notara. Creo que sólo se dio cuenta, ese viernes en la tarde cuando descubrió que no tenía a quien llamar y que la fiesta, esa que había mantenido en jornada continua, se había acabado. Dejó el trago, el cigarrillo y el café, en un intento por derrotar todo aquello que mató a sus amigos. La llamada matinal con Darío, el viejo, las sustituyó por una semanal con Darío, el joven; el café de la tarde con Hugo, por un té helado y sin azúcar con Jacky; la tertulia, por el silencio. Navegando en medio de un montón de libros, insiste en hacerse cargo de la memoria de la tierra como una manera de recordar a sus amigos muertos. Papá se pasea por la casa con un eterno cigarrillo en sus labios y sus manos acariciando un inmenso vientre conseguido a base de mucho esfuerzo, comida y licor y cada vez que un nuevo amigo entra a la clínica, la mayoría con cáncer, enfisema pulmonar, o alguna de esas vainas que dan de tanto trago y cigarrillo alrededor de la literatura, la música y las mujeres, papá establece guardias más rígidas que las de los médicos de turno. Habla con la familia, llama a los amigos más cercanos para que se hagan presentes y camina de un lado llorando por el amigo pero sin temor a la muerte, esa palabra que no existe en su danza interminable de lances al destino.
Papá y mamá casi no se hablan. Cuando lo hacen, hay respeto y hasta amor en sus voces, pero dejaron de contarse las mañanas y las tardes, quizá porque cada vez hay menos para contar. Eso sí. Cuando alguien de la familia muere, mi papá llega religiosamente, con su corbata negra, a recogerla. Inician el viaje a la sala de velación con la seguridad que afuera están todos esperando su llegada. Siempre que llego, cuando llego, ella está rodeada de los deudos que olvidan por un rato el dolor para darle rienda suelta a la risa, y todo porque a mamá le gusta reír en los entierros.
Etiquetas:
Hugo Buitrago,
Pardo
martes, 10 de julio de 2007
La cosa no es así
El próximo viernes sí tomaré mi maleta y saldré sin ningún remordimiento… ya no habrá disculpa… también tengo mi orgullo… qué carajo… siempre piensan que pueden hacer con uno lo que se les da la gana y la cosa no es así. El próximo viernes… y eso porque toca esperar que paguen… sin plata es muy jodido tener orgullo. Además el jueves llega tarde ¿y quién cuida el niño?. Ah… eso sí… porque el niño se queda… a ver que tan verraquito es… que me dé para el bus y no más… no recibiré ni un peso más de él… o de pronto lo del almuerzo… qué carajo… también es mi derecho… toda la vida cocinándole y no voy a tener para un almuerzo…. La cosa no es así. No señor… que me dé también lo del almuerzo… y aquí pensando… porqué le tengo que dejar al niño… no señor… que se joda… y que me pase la platica que le corresponde… y si me toca meterle abogado, pues le meto… eso sí… el próximo viernes si saco mis ropitas sin remordimiento… y los de mi chinito. Cojo para donde la vieja… qué carajo… Siempre piensan que pueden hacer con uno lo que se les da la gana y la cosa no es así… y si mi vieja no me deja meter mis corotos?… pues me largo pa otro lado… de pronto la tía Esther si me recibe… tampoco me voy a dejar morir sin él… el viernes… el próximo viernes… y eso porque toca esperar que le paguen…y si no me da plata? Pues pa la mierda… el viernes… el próximo viernes… y eso porque el jueves llega tarde y quién cuida al niño?… por qué me tenía que poner lo cachos con esa puta de barrio y pasearla por todas partes para que se burlaran de mi… lo hubiera hecho lejos… al fin y al cabo ojos que no ven corazón que no siente… y apuesto que esa puta si se le metía por los ojos… claro como es todo pintoso el jijuemadre… porque todo tendrá el desgraciado ese menos ser feo… o es que no lo ha visto a los ojos… mírelo y verá que se pierde… y cuando aprieta… viera como aprieta… a uno se le mueve todo el mundo… en el fondo yo se que es culpa de la puta esa… claro que ni me ha pedido perdón… aunque, supongo que él también tiene su orgullo… de pronto me espero al lunes para ver qué pasa… qué tal que me pida perdón… que carajo… uno no puede ir por el mundo haciendo lo que le da la gana…. La cosa no es así.
Etiquetas:
Hugo Buitrago,
Pardo
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


