lunes, 13 de agosto de 2012

Historia de madrugada


Ahora que estoy volviendo a mi blog como una manera de respirar, me disculpan los escasos lectores si esta vez publico un texto de mi autoría... No es un cuento, es más un texto cualquiera, de esos que a veces cazan con otros textos que uno escribe y arman, solos, una historia. Si no es un cuento, no tenía ni siquiera que tener dedicatoria, pero ésta vez, si la tiene. Para el Buitre, y sus historias de madrugada.

Nunca había visto el bar tan vacío. Parecían lejanos los días en que a las diez de la noche el ruido y las risas y el golpeteo de las copas lo llenaban todo. Los meseros jugaban al cara y sello en una de las mesas mientras el pianista organizaba, otra vez, las partituras que jamás leía. El viento de la noche se colaba por entre las ventanas dejando un frío que no calaba en los huesos sino en las palabras que se negaban a salir de nuestras bocas. Afuera, los carros con música estridente cortaban el aire dejando además el ruido de los motores como telón de fondo de la música que aun sonaba. Nelson, el Barman, seguía apilando botellas y limpiando vasos que no aguantaban una pasada mas del trapo blanco, deshilachado. Y sí, nunca había visto el bar tan vacío. No había ni siquiera uno de esos espontáneos de planta que celebran la tristeza cantando a medio grito y brindando con cualquier desconocido. No. Todo tenía esa tristeza densa de los domingos al atardecer. Pero era viernes. Ya casi medianoche. Y el rey era el silencio.

1 comentario:

Hugo Andrei Buitrago Trujillo dijo...

Además del agradecimiento, saborear la nostalgia compartida y morder un pedazo de las soledades conjuntas. Entrañable relato compañero.